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El evangelio de Lucas forma parte de los sinópticos, con Marcos y Mateo. Especialmente se da un paralelo con Mateo: los dos, con
frecuencia, usan fuentes comunes.
Lucas es el evangelista más intelectual y su griego es el más refinado del Nuevo Testamento. Es el autor también de los Hechos de los
Apóstoles y, por ello, se le considera un precursor de los historiadores de la Iglesia.
Existe una tradición antigua que dice que Lucas fue el primer iconógrafo y, más allá de la historicidad, esto encaja con su estilo: sus
relatos (como la infancia de Jesús o los discípulos de Emaús) son tan visuales que parecen pinturas de la Palabra. Su evangelio se lee con los ojos del corazón, sus textos son “iconos”.
Lucas es también el teólogo de la historia de la salvación. Los estudiosos nos muestran que divide el tiempo en tres partes: el tiempo
de Israel, el tiempo de Jesús y el tiempo del Espíritu (el nuestro) y de la comunidad cristiana, la Iglesia. Justamente el Espíritu Santo,
es el gran protagonista de Lucas, quien lo menciona más veces que Mateo y Marcos juntos.
Estos comentarios tienen sus raíces en el silencio, porque solo el silencio tiene la capacidad de poner “entre paréntesis” nuestros filtros
mentales y nuestros condicionamientos y de llevarnos a un lugar más amplio. Es lo que intenté hacer escribiendo estos comentarios:
ponerme, antes que nada, en actitud de escucha, en silencio, abierto. Lo que me ocurre es que, cuando logro este silencio interior y esta apertura, el comentario fluye solo y sereno. Soy un simple canal. Percibo claramente la fuerza y la luz del Espíritu y, este libro, es esencialmente, obra suya.
El perfil esencial de estos comentarios tiene tres dimensiones: espiritual, místico, existencial.